Teléfono roto, abril 2016

El móvil aún funcionaba, aunque el golpe había agrietado la pantalla en una flor de escarcha. Se descalzó los tacones con alivio y caminó hacia la cocina. La puerta no cedió cuando trató de abrirla. Tras unos empujones desganados, renunció. Le dolía la cabeza, y de todas formas no tenía hambre.

Encontró atascada también, y entreabierta, la puerta del salón: la humedad de un otoño deprimente había afectado a toda la casa. El aire olía a barro y flores muertas. Se coló por la rendija, y se dejó caer en el sofá. Ni siquiera encendió la luz

Los problemas de siempre le danzaban en la cabeza: su ausente hombre—niño; los niños de verdad, que ya no llegarían; el ascenso cada vez más lejano. Se recreó en ellos hasta que una luz súbita se filtró entre sus párpados; la pantalla del móvil iluminaba el techo con un cono de luz. El cristal rajado mostraba una hilera de asteriscos y un mensaje: “llamando”. Una voz masculina respondió antes de que tuviera tiempo de apagar.

—¿Diga? ¿Diga?

La voz llegaba fragmentada, la caída había dañado el altavoz. Pensó en colgar sin dar explicaciones, pero tenía la urbanidad tatuada en la médula.

—Perdone. Mi teléfono está estropeado, ha empezado a llamar solo.

Silencio. Se preguntó si el micrófono estaría roto también, si el hombre le habría oído. Entre chasquidos de estática llegó al fin un gorgoteo. Un quejido o una risa.

—Este también está roto, apenas te oigo. Es el teléfono de mi mujer. Estaba intentando ver los mensajes.

Ella frunció la boca, repugnada tanto del espionaje mezquino como del alarde.

—Voy a colgar. Siento haber molestado.

—¡Espera! ¿Eres amiga de Elena? ¿Compañera del banco? Todavía no he avisado. Solo a su familia.

Notó la angustia incluso a través de las interferencias. Eso, y la coincidencia con su propio nombre, la hicieron dudar.

—¿Qué banco? —Asintió al oír la respuesta— Si, yo también trabajo allí. —titubeó entre su propio cansancio y ese desamparo en la voz del hombre. —¿Cuál es su sucursal? Puedo darte el número.

—No estoy seguro. La rotaban a menudo, y estamos separados. —Una pausa— Estábamos.

Recordó a su hombre—niño parado junto a la puerta, con la maleta ya preparada. —Te quiero y creo que tú a mi. —Había sentenciado—. Pero sólo somos capaces de jodernos la existencia.

No era la primera vez que se marchaba. Esta vez no volvió.

—En mi sucursal yo soy la única Elena. Puedo darte el teléfono de personal.

—Gracias. Guardaba pocos teléfonos, se sabía la mayoría. No tenía idea de a quién llamar.

Le cantó el número de memoria y esperó que el hombre colgara. Sin embargo él volvió a hablar, con un tono perplejo.

—Elena ha muerto. Se salió de la carretera cuando volvía a casa. No llevaba el cinturón.

No quiero oírlo, pensó ella, mientras los dedos se le crispaban sobre la pantalla quebrada. ¿Cuántas veces había pensado lo fácil que sería, un volantazo y ya? Se levantó para abrir la ventana, quería que el aire entrase a despejarla. También estaba atascada.

—Elena era muy meticulosa, siempre se lo ponía. No sé por qué ayer no lo hizo. —El empezó a hablar más rápido, a borbotones—. Estábamos separados. No nos veíamos apenas, ella parecía llevarlo bien. Aunque no salía mucho.

Su hombre—niño era quien organizaba las fiestas, al que invitaban los amigos comunes, que cuando él faltó dejaron de llamar. Forcejeó otra vez, sin éxito, con el cierre de la ventana.

—Todos los días pensaba en quedar con ella, hablar. Quizás lo estaba pasando fatal y yo ni siquiera…

—¿Cuánto tiempo? —Cortó—¿Cuánto hacía que te habías ido?

—Un año y medio…

Ella había estado segura de que su niño eterno volvería; cuando no lo hizo se sintió sobre todo estafada. Le mandó mensajes, que él respondió con desgana, sin encontrar jamás hueco para verla. Después, vino la rabia.

—Tiempo de sobra para hacerse a la idea ¿No crees? —Hablaba ahora con firmeza, sentenciando la discusión— Los suicidios por duelo son durante los primeros meses.

No le dijo que el suicidio puede ser también un modo de plegar la realidad a los deseos, siquiera póstumamente. Se cambió el teléfono de mano; estaba tan frío como si lo acabara de coger de la mesa.

—Tienes razón. Claro que la tienes. Elena trabajaba mucho, era tarde, seguro que estaba cansada.

Ah, envidió, ese talento infantil para elegir la explicación más agradable. Aunque nunca estaría seguro. ¿Fue un accidente? ¿Fue deliberado? Como su pie, dudando entre el acelerador y el freno. Hasta que la velocidad es excesiva, y salirse en la próxima curva deja de ser una elección.

—Gracias por escucharme, y perdona el mal trago. Mira; no tengo tu número, en mi pantalla solo pone asteriscos. Este teléfono estaba en el coche con ella, está medio partido y bastante que funciona —La voz le temblaba, acelerada de nuevo—. ¿Quieres dármelo y en un par de semanas, cuando me encuentre mejor, te llamo y te invito a un café? Me sabe mal haberte usado así, de paño de lágrimas.

—No voy a poder.

No era una negativa, sino una inapelable certeza.

—Claro. Perdona por preguntar.

—No… no, perdona tu. Perdóname—cerró los ojos, cargados de llanto muerto. El olor a flores ajadas y a tierra se condensaba alrededor— Lo siento. De verdad que lo siento.

La luz de la pantalla se extinguió de golpe. No quedaba más que decir.