Karen Blixen. ¿Y entonces qué ocurrió?, Abril 2016

“Cuando el narrador es fiel, eterna e inquebrantablemente fiel a la historia, al final es el silencio quien habla. Cuando se traiciona la historia, el silencio no es más que vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra oiremos la voz del silencio”

Karen Blixen

Lo mío con Karen Blixen es cosa de fantasmas, de voces que proceden de sueños o de tumbas. Hace quince años el destino me llevó hasta Kenia, pero al pie de las colinas de Ngong fui por devoción a la escritora, a la mujer que tenía una granja en África. En ella escribió dos de sus Siete cuentos góticos, amó a Denys Finch Hatton, un piloto de las Fuerzas Aéreas británicas dedicado a la caza, luchó contra la langosta y la sequía para mantener su plantación de café y contó historias a los nativos como una Sherezade de la mitología nórdica; en ella lo había tenido todo para luego perderlo. Karen llegó a África desde su Dinamarca natal en 1914, contrajo matrimonio con su primo segundo, Bror von Blixen, y se enamoró del país. “Desde el primer momento me sentí como en casa, incluso entre esas flores, árboles y animales desconocidos, y esas nubes cambiantes sobre las columnas de Ngong”, dijo en una entrevista.

Mucho tiempo después, mi llegada a la granja fue en un taxi que se movía tanto como un barco en una tempestad, sin embargo las olas eran una música en suajili que te retumbaba en el estómago y te hacía sentir viva. Entré en el jardín como en territorio sagrado, cada paso lento me acercaba a la guarida del mito. Reconocí el porche que había visto en la película Memorias de África, y no pude evitar que me viniera a la cabeza la imagen de Meryl Streep. Muy pronto desaparecería. De las paredes de la casa colgaban numerosas fotografías de Karen, la verdadera Karen que me escudriñaba con sus ojos oscuros. Por aquellos años yo escribía con la pasión del que está dispuesto a empeñar su vida en ello, a morir de hambre, de frío, de romanticismo con tal de que sus historias tomaran forma de libro y se publicaran. Karen era una de mis heroínas, una contadora de historias, amante de la narración oral, del abandono a la trama del cuento. ¿Y entonces qué ocurrió? Me he trenzado el cabello como las africanas, Karen, y la piel me la tostó el sol, le decía observando su rostro delgadísimo, su turbante que aportaba glamour a una vejez enferma, su cigarrillo entre los dedos finos. Cuéntame un cuento, Karen, cuéntamelo como si fuera uno de tus nativos. Ellos la llamaban Mem-sahib. Mem-sahib háblanos como la lluvia, le decían, porque la lluvia es un bien preciado, y ella les contaba historias. “Los blancos ya no son capaces de sentarse a escuchar la narración de un relato, o no logran estarse quietos o se duermen, pero los nativos siguen teniendo oído”, declaró una vez.
Karen es una narradora de lo inmutable. Cuando uno lee sus cuentos tiene la sensación de que la historia no podía haber sucedido de otra manera. Había escrito algunos relatos en su juventud y los había publicado en una revista danesa con bastantes buenas críticas, pero en vez de seguir escribiendo se marchó a París para estudiar pintura. No retomará la escritura hasta los últimos años en África, cuando, acuciada por los problemas económicos, ve hundirse la plantación por la que tanto había luchado. Escribe para evadirse de una realidad dolorosa que no hará más que agravarse.

1931 será para ella un año fatídico. Pierde la plantación y a su amante, Dennys Finch Hatton, en un accidente de avioneta. Con cuarenta y tantos años, divorciada y en la más absoluta ruina, regresa a Dinamarca, al hogar de su infancia, le propone a su hermano que la mantenga económicamente durante dos años y escribe su primera obra, Siete cuentos góticos, que sería un éxito de ventas en Estados Unidos e Inglaterra. No hacía más que repetir la historia de mi padre, contará Karen años después en una entrevista. “Él emigró a EEUU, vivió en la llanura central entre los nativos indios, comerciaba con ellos, cazaba y les vendía pieles, luego regresó a Dinamarca y se puso a escribir el libro Cartas de caza, no es raro por tanto que su hija haga lo mismo”. Pero mientras su padre acabó suicidándose, Karen se convirtió en Isak Dinnesen. Isak sinifica “el que ríe” en hebreo, y Dinessen era su apellido de soltera. Ella adoraba el sentido del humor, lo consideraba esencial para sobrellevar la existencia. Hay que ser valiente y reírse mucho para estar vivo, había dicho en alguna ocasión.

En las fotografías que cuelgan de las paredes de la granja su sonrisa se mostraba enigmática. Escudriñé sus ojos una vez más y sostuve su mirada. Karen, cuéntame alguna de tus historias, le susurré. A veces las preparaba repitiéndolas y reinventándolas durante horas. Algunos críticos acabaron tachándola de decadente, de anacrónica ya que la mayoría de sus cuentos sucedían en épocas pasadas. Ella como pintora que era también se defendía alegando que el artista debe tomar una perspectiva sobre su obra para entenderla mejor, y el tiempo ayudaba a ello. “Además hablar sobre nuestros abuelos, sobre la época que vivieron es hablar también de nosotros mismos”. No le interesaba innovar en las vanguardias literarias, ni el gusto por la novela que imperaba en el siglo XX. Karen era fiel a las historias que contaba. “Yo soy una cuentista y nada más que una cuentista, es la historia misma la que me interesa y la manera de contarla. Tú mismo te has forjado tu aventura, pero hay que ser fiel a la línea del cuento”. Sus historias comenzaban con un presentimiento, con un hormigueo, según explicaba ella, de lo que iba a ocurrir. Karen imagina la historia, inventa los personajes, pero un vez que éstos empiezan a existir, una vez que su creación ha cobrado vida, son los personajes los que decidirán qué les ocurre. Karen habla del cuento como de una obra viva, de una creación que solo puede existir de esa manera única en la que se desarrolla. “Un verdadero cuento posee una forma y un contorno, como en una pintura donde el marco es importante”, explica. Cortázar también habla en términos parecidos cuando se refiere a la esferidad como característica definitoria del cuento, a su mundo cerrado que ha de ser así porque no puede ser de otra forma. Eso es ser fiel a la historia.

El proceso creativo de Karen Blixen me hace pensar en Oscar Wilde y su obra La decadencia de la mentira. Entre sus páginas Wilde defiende que la vida debe imitar al arte y no al contrario. El arte comienza con un trabajo imaginativo y placentero que utiliza material inexistente, irreal, entonces la vida, fascinada, entra en el arte, éste la toma como materia bruta la moldea, la inventa, la imagina, así surge su criatura viva. Ser fiel a la historia, ¿verdad Karen? Lo creado ya no le pertenece al escritor sino a la propia historia, a su coherencia, a su mundo interno, a sus personajes como un todo invencible. Entonces surgirá el silencio.
En esta línea el pintor y escritor Ramón Gaya consideraba que había obras producto del espíritu y del esfuerzo humano con una calidad mejor o peor, pero la creación verdadera transciende del propio hombre y se convierte en vida. Eso es ser fiel a la historia, a lo que se narra como algo sagrado para que al final no nos quede solo el vacío, si no el silencio que nos habla.

Un escalofrío me recorrió la nuca: escribe, escucho en mi interior, no te rindas. Karen ríe en las fotografías. Escribe y algún día publicarás un libro. Esas son sus últimas palabras.