El festín de Babette o el hambre de irrealidad, abril 2016

Mucho se ha contado ya sobre la más conocida de las obras de Karen Blixen. Porque, ¿quién no recuerda a Meryl Streep y Robert Redfort de picnic sobre la hierba keniata? ¿Y esa plantación de café bajo el sol africano? ¿Y esas colinas amarillas del Ngong? Imposible olvidarlo. De hecho, en este número de la revista, Cristina López Barrio nos hace viajar con su artículo a este continente para contarnos su experiencia mística con la baronesa.

Por eso en esta reseña tenía la responsabilidad de hablar de otra de sus obras, que curiosamente también tiene adaptación cinematográfica y que obtuvo en 1987 el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Lo reconozco, no he visto la película y hasta hace solo dos meses tampoco había leído esta novela corta. Sí, soy muy cabezona, me la habían recomendado mil veces pero fue en la inauguración de la librería Los Editores cuando la preciosa edición de Nórdica me saltó a los brazos (literalmente) y se vino a casa junto con otros tres libros que…Eso da para otras reseñas…

El caso es que me la leí en dos viajes de metro (de distancia media). ¿Cómo hace Blixen/Dinesen para contarnos tanta vida en 109 páginas? Nos habla de la existencia de los milagros, del integrismo religioso, del placer de la buena cocina y su invitación a las emociones, de la sencillez de las cosas bien hechas, de los recuerdos y de la capacidad para engañarnos. Pero además lo hace con la estructura de un cuento clásico que bien podría empezar con “Érase una vez…”, abandonando toda moraleja y creando unos personajes complejos e inolvidables.

El argumento es sencillo y lineal. En una noche de tormenta de 1871, en plena guerra franco-prusiana, aparece una mujer en una aldea de la yerma costa oeste de Jutlandia, en Dinamarca. Va huyendo de la represión en Francia tras la caída de Napoleón III, a consecuencia de cuyos acontecimientos habían muerto su esposo y su hijo y, ella había sido acusada de comunard.

Babette, que así se llama la fugitiva, toca a la puerta de dos ancianas solteras, Martine y Philippa, hijas de un severo pastor, que durante años ha liderado una comunidad de estrictos principios religiosos. Aunque el padre ha muerto hace unos años, frustrando las escasas posibilidades que tenían sus hijas de ser felices, estas siguen perpetuando la obra y la palabra de su padre. Dos mujeres, que en su juventud habían sido muy hermosas “con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o de las nieves perpetuas”, han renunciado al amor que dos hombres les habían ofrecido. Y será uno de éstos, el cantante Achile Papin, quien, por medio de una carta, les ruega que acojan en su casa a la refugiada.

Con algún recelo la aceptan bajo su techo. La llegada de la forastera, que es empleada como ama de llaves y cocinera en la casa de las dos ancianas solteras, constituye la entrada de “lo extraño” en el paraíso, en este pueblo aislado de pescadores y lleno de gracia divina donde nunca sucede nada. Allí vive Babette durante catorce años, como una presencia enigmática y reservada, que ahorra en la compra y soluciona los pequeños problemas cotidianos. Hasta que un día descubre que ha ganado la lotería que le compra un familiar en Francia. Nada menos que diez mil francos del siglo XIX. Pero en lugar de volver a su país, pide permiso a las hermanas para preparar la cena del centenario del nacimiento del pastor, con el fin de agradecer su hospitalidad. Las hermanas, reacias en un principio, a ese dispendio innecesario y pecaminoso, no pueden negarse a lo único que su sirvienta les ha pedido en esos años.

Y entonces sucede lo maravilloso. Los humildes y puritanos huéspedes sienten miedo a transgredir la ley divina por aceptar una cena exótica, pero quién puede resistirse a manjares y vinos tan delicados: sopa de tortuga y jerez amontillado; blinis demidoff con relleno de caviar acompañado de un Veuve Clicquot Champagne de 1860; codornices en sarcófago de hojaldre con foigras de trufa y ensalada Pelligrini con un Clos de Vougeot de 1846; selección de quesos y Oporto; torta fermentada de ron con higos secos. Al principio, solo uno de los invitados, el general Loewenhielm, (pretendiente de Martine cuando era un joven oficial del ejército), es capaz de poner en valor los manjares que se les están sirviendo. Pero poco a poco todo cambia, porque hay que ser muy inhumano para no caer en la tentación terrenal, para evitar sustraerse a un sentimiento generalizado de felicidad que empieza a invadir la casa de las ancianas, a colarse en cada uno de los comensales haciendo que por primera vez en décadas, se sientan libres, desinhibidos, capaces de bailar y cantar, de amarse por encima de las rencillas y desacuerdos de la convivencia en Berlevaag. En definitiva, son capaces a través del placer sensorial, de romper los rígidos moldes sociales de la comunidad.

Cuando las dos hermanas van a la cocina a felicitar a Babette, esta les cuenta que…Pero mejor dejémonos de spoiler…Digamos únicamente que esta cena supone el triunfo del talento de Babette, y pone de manifiesto otro de los temas importantes de la novela: la necesidad de dejar brotar el genio, no solo para el deleite de los demás, sino por la satisfacción de uno mismo.

La edición de Nórdica cuenta además con un plus interesante: las ilustraciones de Noemí Villamuza (Palencia, 1971) que recibieron el Premio Junceda en 2007. Los trazos escuetos a lápiz de gran fuerza expresiva y a la vez onírica, reflejan a la perfección ese mundo gris y hermético del pastor, ese pueblecito lleno de luces y sombras, el alma contenida de los personajes encerrados en unas costumbres rancias que ni siquiera se cuestionan. Pero a pesar de la austeridad, es fácil empatizar con los personajes, con Martine y Philippa, las dos protagonistas, que bajo su aparente severidad, se muestran entrañables y más que humanas. Difíciles de olvidar son los dibujos de Martine sosteniendo el farol con una mano y las líneas circulares que enmarcan al joven oficial Lorens Loewenhielm; Babette leyendo la noticia del premio de la lotería, instante resuelto con líneas que salen del centro del papel que está leyendo; el baile feliz de los huéspedes tras la cena a doble página…
En resumen, se trata de una novela deliciosa sobre las expectativas frustradas y sobre el hambre metafórica que nos come por dentro. Como dice Mario Vargas Llosa en la contraportada de la edición de Nórdica: “Al hacer de la literatura un viaje hacia lo imaginario, la frágil baronesa de Rungstedlund no rehuía responsabilidad moral alguna. Por el contrario, contribuía —distrayendo, hechizando, divirtiendo— a que los seres humanos aplacaran una necesidad tan antigua como la de comer y adornarse: el hambre de irrealidad.”

Y por si todavía no te han entrado ganas de leerla, aquí tienes el booktrailer: