Crónicas del final, Septiembre 2016

En cuanto a los planetas conocidos y habitados por seres y pueblos muy distintos, ocurre en efecto que en algunos no se ha inventado la rueda y sus habitantes apenas saben extraer y moldear los metales nativos, perdiéndose el don de la orfebrería, por lo cual se adornan con ámbar o insectos disecados que convierten sin embargo en joyas de extraña, siniestra belleza. Existen gentes en otras culturas que no saben de la pólvora y luchan con armas que cortan o se clavan, se lanzan o se escupen con la boca, y han aprendido a implantar el acero en su carne y sus huesos, y verlos pelear es como asistir a un prodigio de danza sangrienta. En ciertos planetas los pobladores se trasladan montados en bestias de ocho patas y con cuernos, capaces de trepar a las montañas más altas, o en aves con alas de colores maravillosos que pueden llevar hasta cinco pasajeros, o en animales marinos de voces cantoras. Y consta que en ciertos parajes estelares el navegante que llega puede visitar ciudades más antiguas que todas las del mundo del que procede, megalópolis turbias y hostiles de las que es difícil salir con vida, urbes submarinas en planetas oceánicos que se protegen con cúpulas de cristal de las aguas y que de noche refulgen como faros para los marinos. Y hay archipiélagos de villas donde cada una de ellas tiene forma de flor, y capitales absurdas cuya planificación se basó en una broma. Conocemos satélites con bosques donde se vive en los troncos vaciados de árboles gigantescos. Se sabe con certeza de planetas malditos con atmósferas venenosas que solo pueden respirar sus criaturas alienígenas las cuales no obstante sienten y piensan como nosotros. De sociedades que se han desarrollado en naves que se encaminan de una galaxia a otra.

Pero no hemos registrado ningún caso en que seres con conciencia y sentimientos no cuenten historias. Crónicas colectivas, sagas familiares, epopeyas, tragedias, comedias, baladas de amor, cantos a la Naturaleza, sátiras, memorias, fábulas, con símbolos, reflexiones, metáforas, mímesis, sueños, pasiones, esperanzas.

Mediante bailes, señales con el fuego o la luz del sol, gestos con las manos, petroglifos, pictogramas, abecedarios y silabarios, alfabetos táctiles en altorrelieve, y la voz por supuesto para pueblos que aún no han llegado a la escritura o prefieren no usarla. Sobre arcilla, tablas de cera, papiro, pergamino de piel de vaca o de ballena, papel de madera o seda de araña o mariposa, metal líquido, en pantallas electrónicas o nanochips.

Pero de ninguna de esas creaciones quedaría vestigio de no ser por quienes las recogemos y guardamos aquí, en los Archivos Hurus*. Los exploradores que buscan las historias como piezas de un tesoro en los más remotos confines estelares y las copian y graban meticulosamente, indagan sobre su origen y autoría, recabando toda la información necesaria para clasificar, interpretar y permitir su lectura, y negocian con los planetarios, tarea nada fácil, a veces ardua y hasta peligrosa. Los seleccionadores que dan el visto bueno a los documentos antes de que sean transmitidos o trasladados a los Archivos. Y por último, nosotras, las bibliotecarias, cuya misión consiste tanto en custodiar estos materiales como en facilitar que puedan ser leídos. Yo, Vinicius Batllé, trabajo en el Archivo Hurus de Concordia, y estoy a cargo de la sección Crónicas del Final.

Textos venidos de diversos mundos, que narran su crepúsculo, enfermedad, agonía, su muerte, su asesinato tal vez. Edades que languidecen, civilizaciones que se extinguen, futuros que se esfuman. Curiosamente, no todos nuestros dispositivos de almacenamiento contienen crónicas reales. Hay también presagios, temores, pesadillas, advertencias, condenas, ficciones simplemente.

El ejemplo que voy a mostrarles cuenta un final realmente ocurrido allá en Iliria, Planeta Exterior, cuyos habitantes perecieron tras la llegada de una glaciación, hace ahora más de un siglo. El mensaje fue transmitido por sus creadores a través de la radio a la ciudad más cercana, hacia la cual se dirigían, y desde allí se nos remitió vía satélite. Lo he releído muchas veces, prácticamente me lo sé de memoria. Todos los pobladores de Iliria desaparecieron entre uno y cinco años después de llegar esta pequeña obra a mis manos. Aquel mundo es hoy por completo inhabitable.

Albor

Despertamos en la fría madrugada. Una luna pálida perduraba en el cielo, que empezaba a clarear. A nuestro alrededor, montañas abruptas, demasiado imponentes. En esa hora inhóspita, decidimos reanudar nuestro camino, tras el precario sueño. Igual que fantasmas hollamos la nieve pura, en silencio absoluto. El aire afilado nos hacía callar. En las ramas de los árboles, carámbanos como alhajas albinas resistían el viento. Los implantes neuronales no nos servirían de mucho. Sabíamos dónde estábamos y hacia dónde dirigirnos, pero nos faltaban las fuerzas. Nuestros huesos de titanio también perecerían, pues nuestra carne era humana. Nuestros ojos mejorados dejarían de ver cuando la niebla bajara de las cumbres. Pronto seríamos estatuas de hielo. Qué dulce sueño largo, mineral. Qué paz como un manto de armiño.

* Los Archivos Hurus, «donde se recogen los conocimientos de las galaxias y se da asilo al perseguido» aparecen citados por primera vez en Cuentos del Archivo Hurus (México D. F., Ediciones del Ermitaño, 1998), de Blanca Mart.